
La conocí en Valparaíso, en enero de 1995.
El Nono cumplía 47 años ese día, y se había organizado una velada sencilla y tranquila en la casa de su madre, doña Armanda Trujillo Menares, viuda de Pedro Aravena Hodar, quien había muerto, probablemente de cirrosis hepática, en el invierno de 1989. Viví con ella el primer año de universidad. Fueron tiempos desolados y solitarios. Apenas tenía 17 años y la Escuela de Derecho era para mí la consumación de la mediocridad.
Por esa época, mi abuela daba muestras evidentes de una avanzada demencia senil, con rasgos psicóticos y paranoides. El mal que sufría la volvía problemática e impredecible, pues imaginaba conversaciones y asuntos que jamás ocurrieron, y la llevaban a involucrar a cualquiera que tuviese la mala fortuna de trabar con ella conversación, en sus largos monólogos insensatos y, en general, en la oscura trama inextricable donde se perdía su espesa locura, como un inaguantable e irascible quijote gabrielamistralmente gordo. En suma, todos sufríamos su enfermedad.
Recuerdo una tarde de sábado, cuando llegó de la feria de las pulgas con un libro: “Encontré este tratado de parapsicología completísimo”, me dijo.
- Tú sabes que soy corresponsal parapsicóloga del New York Times- y dejó el libro en la mesa de la cocina.
Yo no le di mayor importancia. Desde mucho antes que muriera mi abuelo, la Armanda creía ver en la tele noticias que nunca fueron y conversaciones en la calle con gente que no la conocía. Llevaba consigo a todas partes una carpeta amarilla con títulos de propiedad de la casa, publicaciones del Diario La Estrella donde aparecía pronosticando conspiraciones y sueños abandonados que nadie ni yo nunca creyeron.
Al rato fui a la cocina a hojear el libro. Eran imágenes de piojos y garrapatas de toda índole. Bichos raros de todo el mundo. “Manual de Parasitología”, decía la tapa.
No alcancé a resistir un año viviendo con mi abuela. Apenas me fui de su casa, comenzó mi vida de universitario.
Viví un año y medio en una mansarda húmeda y oscura, habilitada en el segundo piso de una casa hermosa del Cerro Esperanza. Pagaba 20 mil pesos y en el velador hallé un libro con todos los cuentos de Chejov, o al menos todos los que uno hubiese querido leer. Iba todos los miércoles al cine de la Santa María y almorzaba allí, con el Franklin, mi mejor amigo de Iquique. A él también le gustaban los Beatles, pero no tanto.
-Apenas llego a tu casa, sé que estás tú, porque están sonando los Beatles- me dijo un día, aburrido.
Pasaba tanto rato metido en el Cerro Los Placeres, donde conocí a mis mejores amigos de esa época, en su mayoría mechones de la Universidad Santa María, que me fui a vivir a una pensión allí. Fueron años inolvidables.
En ese mundo vivía yo cuando mi padre y mi hermano llegaron en 1995 a pasar el verano en Valparaíso. Mi abuela estaba completamente loca. No obstante, yo mismo le ayudé a preparar la casa para la hora en que el primer invitado tocase la puerta. Llegó mi polola de entonces y sus padres, que vivían los estertores de su vida en común, y no se aguantaban. La velada se desarrolló en un ambiente festivo y agradable, pero terminó temprano. A eso de las 23 horas, a punto de dormir con el Camilo, el último de los visitantes había partido. Estábamos en la pieza del segundo piso de esa casa en Camila 109, una hermosa construcción hecha con pino de Oregón, que se yergue blanca y solemne sobre un cimiento de piedra y hormigón en la cima del cerro La Loma, con la mejor vista imaginable de la bahía de Valparaíso y una perspectiva impactante de la antigua Cárcel, que aun funcionaba.
- ¡Vamos al Bar La Playa!- le dije a mi hermano, que finalmente aceptó.
Antes de la medianoche, bajábamos al plan de la ciudad, en busca de aventuras. Yo quería conocer mujeres.
El Playa era un viejo restaurante de turismo, que hasta fines de los ochenta seguía siendo el sitio de reunión preferido de marinos viudos, estibadores jubilados o simplemente de esos viejos alcohólicos perdidos que abundan en el Puerto. Sin embargo, para cuando comencé a estudiar en la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso, el bar al que ingresamos minutos antes de la medianoche, con mi hermano, se había convertido en un Pub universitario mágico y bullicioso, demasiado atractivo para un par de iquiqueños veinteañeros.
Entramos sin pagar, pues en ese entonces nadie cobraba, y me dirigí de inmediato a la columna de gruesa madera que se extendía en el centro del salón, ataviada con una red de pesca que separaba los ambientes, justo frente a la barra, cuando ya todas las mesas estaban ocupadas y cientos de ebrios mozalbetes impetuosos giraban como lo harían los caballos en el circo romano, y el más terso y apetitoso ramillete de las mejores y más blancas margaritas de la Joya se deleitaban observando el paso de los demás. Yo lucía un gorro de lana comprado en Chiloé, pocos días antes, cuando la temperatura en el interior del bar probablemente llegaba a los 40 grados. Eso fue, precisamente, lo que llamó su atención. Ella me miraba burlona y reía con sus amigas ante el extraño espectáculo.
Fui yo, valiente, quien se acercó primero, hipnotizado por el metálico destello nocturno de sus ojos café, embobado ante el porte esbelto y atlético de su elegante y femenina belleza, absorto en su cintura diminuta, su regazo generoso y sublime, cubierto por una negra blusa de seda, y sus caderas que sobresalían debido el efecto alucinante de unas patas púrpuras que había escogido esa noche para sobornar el corazón de los ridículos que osaran acercársele. El pelo negro y su mentón partido completaron el hechizo. Creo que me enamoré de inmediato.
Pololeaba entonces con un compañero de mi escuela que me era demasiado antipático. Probablemente se haya estado burlando de mí, desde el segundo piso, cuando bajó a ver qué pasaba con su mina, que no paraba de reír con cada idiotez que yo le decía. Me la presentó y me dijo al oído “Ella es mi polola, pero me estoy comiendo a la amiga”. Su mejor amiga reía también de lo que decía, pero no prestaba mayor atención.
Al final de la noche, cuando el Camilo estaba a punto de dormirse sobre una mesa rodeado de botellas de cerveza vacías, fuimos echados a la calle por los meseros agotados, la encontré borracha llorando sentada en la vereda. Su pololo la había hecho sufrir demasiado esa noche y me convertí, desde entonces, en su pañuelo y su amigo más fiel, su nerd irremisible y su sostén espiritual sin condiciones. Yo pienso que estaba hecha para ser amada.
Nos besamos bajo la luz de un farol, junto a la Plaza Sotomayor, hasta que logré detener su llanto y la fui a dejar donde su mejor amiga, la amante de su pololo. Al día siguiente, me llamó al número de mi abuela para pedirme disculpas por haberme besado. “¿Disculpas?”, le dije yo. “Si no te hubiese conocido ayer, no me lo habría perdonado jamás”, y corté.
Hasta que me fui de Valparaíso, en 1997, para hacer la práctica forense en la Corporación de Asistencia Judicial de Tarapacá, no había mostrado por mí mayor interés que el que efectivamente sentía por sus pololos. Le conocí 6, al menos. A sus cumpleaños sólo iban hombres, sus amigos, pololos y ex pololos; y sólo tres de sus amigas del colegio. Yo nunca fui.
Por entonces, cantaba en dos grupos de Rock. Pullman Blues era un quinteto de estudiantes de Derecho, que como yo con tiempo libre, nos reuníamos en el aula magna de la Escuela de Derecho, y llegamos a ganar un festival el 97. Templeman era otro quinteto, pero formado por músicos aficionados y profesores de conservatorio, que aceptaron a un abogado que quería cantar como Robert Plant. Llegamos lejos. Compusimos un álbum, fuimos a la Radio, salimos en la Tele y tocamos en la sala SCD, el mismo año.
Pero yo estaba haciendo la práctica. A veces, me acordaba que había estudiado derecho y egresado con las mismas ganas de ser abogado que de morir.
Una noche me llamó a Iquique, cuando supo que no estaba en Valparaíso. Se mostró inusualmente interesada en mí. “Te estoy haciendo los puntos”, me dijo. Yo estaba rendido a sus pies desde ese 23 de enero, así que bastaba solamente que ella dijera “¡Upa!”.
Volví a Valparaíso el último sábado de mayo de 1998. A la medianoche de ese mismo día, fui al Valparaíso Eterno, donde trabajaba como mesera, sólo para verla otra vez. Estaba hermosa, y me dijo: “Volviste gordito. Te quiere tu mamá, parece”. Avergonzado, le respondí lo primero que pensé.
- “Mi papá también me quiere”.
En septiembre del mismo año, a los 25 años, la elegí a ella. Por entonces, dueño de una hermosa voz y con la belleza fugitiva y radiante de la juventud, me bastaba únicamente con posar fijamente mis ojos verdes en la más hermosa para que se fijara en mí. Mi mundo de fantasía de la niñez rendía frutos: podía deslumbrarlas a los pocos días de conocer a cualquiera, pero se aburrían cuando me veían entregado y sin remedio. Siempre me ocurría lo mismo. Como muchos de mi generación, sentía que “Paramar”, de los Prisioneros, había sido escrita para mí. Así fue mi juventud: amores desventurados e incompletos, hasta que la conocí.
Para el final del verano del 99, cuando volvíamos de un inolvidable verano de vacaciones en Iquique (todo febrero), habíamos decidido casarnos. La pasión nos puso grilletes y nos amamos como se aman los adolescentes, frenéticamente y con la magia de la poesía y la belleza. Hacíamos el amor cada vez que nos veíamos. Por entonces descubrí que era adicta a las anfetaminas y la cocaína. Cada vez que nos íbamos de juerga, debíamos ir provistos del “vital elemento”. Al principio no me mostré sorprendido, pero terminé por admitir que se trataba del fuego de la juventud y de una parte inevitable en la vida irresponsable.
Abandoné el grupo Templeman, me corté el pelo, comencé a trabajar en la Memoria y nos fuimos a vivir juntos en una pequeña habitación de la Subida Caracoles, en el Cerro Alegre.
Nos casamos en la casa del padre del actual marido de mi suegra, el 26 de junio de ese año. Había llovido en esos días y la oficial del registro civil llegó tarde. Tuve que ir a buscarla yo mismo en el auto de Esteban Paredes, un amigo abogado que conocí cuando hice la práctica, y que iba a ser el testigo de mi felicidad. Cuando llegamos, con la oficial por fin a la casa, la torta de novios se había caído y hubo que afirmarla contra la pared. La fiesta fue sencilla pero inolvidable. Estábamos enamorados. No sé si los invitados quedaron conformes con el agasajo, pero a nosotros no nos importaba. Habíamos mandado a hacer unos partes primorosos, con el dibujo de un árbol otoñal sin hojas. “¡Nos casamos! Y queremos compartir con ustedes el comienzo de nuestra vida juntos”, decía.
¡Oh, el comienzo de nuestra vida juntos! Cubre mi recuerdo con la música de Serrat, el esfuerzo por titularme pronto, alguna que otra penuria económica y el relajo de lo que en realidad, más que un matrimonio, parecía ser un pololeo independiente. Nos habíamos cambiado a un piso pequeño, de un ambiente, separado por planchas de madera terciada, que había sido originalmente la habitación de una inmensa y elegante mansión en el Cerro Concepción de Valparaíso. Pagábamos a duras penas 80 mil pesos mensuales de renta, teníamos cuenta en “La Polla”, un negocio cercano y lavábamos la ropa todos los fines de semana en la casa de mi suegra, en Villa Alemana. La vida sencilla, el carrete intermitente y mi incipiente carrera de abogado, marcaron esos años hermosos y tranquilos.
Nada parecía romper la plácida aventura de ese idilio: ni el carácter irascible de mi amada, que me contagiaba en la furia de sus arrebatos incomprensibles, ni su terca fatiga que la alejaba de mi sexo, la dormía en nuestra cama de plaza y media desde las siete de la tarde y me convertía mes tras mes en un amante cada vez más solitario, onanista e insatisfecho. Hasta el nacimiento de mi hija, esa placidez del enamoramiento no se había roto, ni siquiera con la pobreza.
Entonces, cuando ya vivíamos en el último piso de un edificio nuevo en el paseo Dimalow, los problemas comenzaron a complicar nuestra existencia común y nos llevó a dilapidar sin remedio el sagrado tesoro de nuestra comunicación. Descubrí que padecía de un extraño trastorno alimenticio, que arrastraba sin tratamiento cabal desde su niñez y que había surgido durante los años en que mi suegra comenzó la relación con su actual marido. Esta señora, incapaz de enfrentar con éxito los problemas de la crianza, llena de ambiciones arribistas, cometió errores en el proceso de formación del carácter y la autoestima de su única hija, a quien cubrió de lisonjas y consintió sin previsión alguna, a partir de su carácter apasionado y sobreprotector: la crió sola, casi sin ayuda económica del padre y armó una nueva familia cuando a los 13 años ella despuntaba en la adolescencia.
El resultado comencé a sufrirlo en esos años: Mi mujer se había casado conmigo por complacer a su madre, con ese prometedor estudiante de derecho, de hermoso rostro y humor aparentemente apacible. Mi suegra nunca permitió que su hija se independizase. Nunca lo permitirá. Ese es el principal motor de la enfermedad que me alejó de mi mujer y que, entre otras razones, acabó con el matrimonio.
Apenas nació la Nenita, fui contratado como abogado asistente en la Fiscalía de Iquique. Vivíamos, en esa época, en la misma casa de Camila donde se había celebrado aquel cumpleaños 47 de mi padre, preñado de futuro. Mi abuela había muerto en Viña del Mar a fines del 2001 y, naturalmente, el Nono dispuso todo para que viviésemos allí.
Cuando partí a Iquique, en septiembre de 2002, mi mujer y mi hija se habían quedado en Camila, donde permanecieron hasta principios de noviembre. Debe haberle costado mucho separarse de mi suegra, y a mi suegra separarse de su hija. Pero finalmente se fue a vivir conmigo. Allí, en Iquique, en ese departamento de la Avenida Héroes, donde por fin vivimos sin mayores apuros económicos, la hermosa pareja que alguna vez llegamos a ser desapareció irremisiblemente. El matrimonio se fracturó definitivamente y para el 31 de diciembre de 2002, la penosa intromisión de mi suegra en la pieza conyugal, terminó por llevarse de mi corazón la magia y el canto de este sueño que habitó en mi alma para siempre.
Tres días después de la noche de Año Nuevo, ella partía de vacaciones con mi hija de 10 meses, dejándome solo, mareado con mi nuevo trabajo y cegado en la vorágine en que venturosamente se desplegaba el helecho de mi futuro desarrollo profesional. Un día antes que volviera a Iquique, acompañada para colmo de una tía, puse fin a una larga temporada de forzado celibato que se arrastraba desde la última época en Valparaíso, con la Jefa de la Unidad de Gestión e Informática de la Fiscalía de Tarapacá.
El matrimonio terminó esa noche. Lo demás fue sólo una triste agonía.
Desde entonces, hasta diciembre de 2007, una breve serie de infidelidades mutuas, aventuras de ambos sin mayor trascendencia, fueron minando irremisiblemente la confianza y el amor, hasta convertir la vida juntos, lentamente, en una tortuosa pesadilla, disimulada malamente con mis progresos en la Fiscalía. En octubre de 2003, fui nombrado Fiscal Adjunto en Arica.
Subí dos grados en el escalafón de la Administración Pública y un millón de pesos en mis remuneraciones. En noviembre de 2004, partimos a Santiago, donde alcancé la cúspide: el mayor grado posible de un fiscal, para trabajar en la Fiscalía Metropolitana Sur. Arrendamos un elegante y oneroso departamento que mi mujer y mi suegra no tardaron en hallar en el barrio El Golf, donde vivíamos ya con nuestro segundo hijo, Pedro Pablo, nacido en Arica. Aparentemente se trataba de la familia ideal, el matrimonio perfecto: la pareja con mejor futuro. Pero todo ya estaba sentenciado.
Finalmente, la lápida la pusimos juntos, cuando decidimos inopinadamente comprar una casa inmensa, de mil metros cuadrados, con piscina, jardines ornamentales, árboles frutales y un ambiente rústico y dorado, con un quincho y una asadera que parecía de sueño, en Villa Alemana. El objetivo principal, al menos por mi parte, era una vez más complacer el gusto y el afán de mi mujer por estar junto a su madre, o lo más cerca de ella que fuese posible. Para eso, sacrifiqué dos años de mi vida, viajando todos los días de la semana, desde Villa Alemana hasta la Fiscalía Sur, en San Miguel, para ir a trabajar. Me levantaba a las 05:30 de la madrugada, y partía al terminal de buses, junto a la estación del metro, para tomar el Tur Bus de las 06:40, que me dejaba en la Estación Pajaritos, del Metro de Santiago, a las 08:00 de la mañana. Luego, tomaba el metro, y llegaba justo a las 08:30 a la oficina.
Así transcurrió todo el 2005 y el 2006. Desesperado por la soledad, el tedio, los trastornos del sueño y, especialmente, porque cada vez más me alejaba de mi mujer, renuncié al más alto grado en la Fiscalía Sur, y fui admitido como Fiscal de Valparaíso, en septiembre de 2006, dos grados más abajo en la escala, pero en la mejor plaza de Chile.
Ya era demasiado tarde. Un año después, el 7 de diciembre de 2007, me fui de la casa al descubrir que había otro hombre y que ya no se trataba de una aventurilla, sino de una pasión nueva, que la había alejado de mí para siempre. Había intentado buscar ayuda en un grupo católico de catecúmenos, pero también fue un fracaso. Ella no tenía ningún interés religioso.
Sentí pena y furia, pero me fui de todos modos. Me separé por vez primera de mis hijos y me fui a vivir en la misma pensión universitaria donde vivía cuando comencé a pololear con ella, en Lautaro Rozas, del Cerro Alegre. Fueron meses desperdiciados. No crecí nada, no maduré mi nueva vida y seguí manteniendo la casa y una vida fatua como un marido puertas afuera. Intenté volver, con el acuerdo de mi mujer, que a regañadientes me admitió en mi propia casa en mayo del 2008. Pero ya no había caso. Todo había terminado. Reñíamos muy a menudo por tonterías, pero también por cosas importantes, como su enfermedad, la crianza de los niños, la insistente presencia e intromisión de su madre, por mis relajos como hombre de la casa, ya que no tenía ningún estímulo por ayudar en el orden y el aseo. Ya no era el mismo. Estaba triste, deprimido y me refugié en la Internet, donde había encontrado un mundo ficticio que me consolaba. Ella pensaba que mi interés era conseguir mujeres, pero no. Se trataba de mi blog, que llené de poesía y colores durante tres años, desde el 2005, y que se había convertido en una obra de arte posmoderna. El Cuculí Pop me permitía trabar amistad con artistas, poetas de todo el mundo y me hacía reafirmar el alma de niño que nunca debí perder. También me permitía contactar mujeres, pero eso venía por añadidura, y lo hacía sin remordimientos, pues ella no me daba nada y estaba desdichado. También por esa época comencé a beber como nunca lo hice antes ni después.
Finalmente, en mayo del 2009, me fui definitivamente de la casa, a vivir en un departamento del barrio Puerto en Valparaíso. Seguí manteniendo sin embargo su vida de mujer casada, en la creencia errada de que acaso pudiese recuperar lo que ya no existía y de revivir un muerto que apestaba a indecencia.
Nuestros amigos comunes nos dejaron de frecuentar. La familia de cada uno se replegó, y las discusiones se volvieron cada vez más ásperas y tormentosas. Le estábamos haciendo daño a nuestro hijos de manera irresponsable y acaso irreparable.
Entonces, decidí huir. Postulé a un cargo de Fiscal en Arica, con la insensata esperanza de lograr que ella, como el 2002, se fuera conmigo, no para vivir juntos, pero si al menos para ayudarme a liquidar el negocio y cooperar en el reinicio de nuestras vidas. Pero ella no puede alejarse de su madre por mucho tiempo ni a mucha distancia. Depende de ella y por ella vive: su ser y su malsana forma de concebir la existencia discurren sobre la base de la presencia inmutable y permanente de mi suegra. Por lo demás, la huída al Norte no sirvió para nada. Quise encontrarme espiritualmente y hallé un Biblia; quise reiniciar mi vida y lo perdí todo. Ahora he vuelto, nuevo y distinto.
Recién llegado a Arica, estaba lleno de pena y dolor. Fui, en esos días, demasiado duro con mi mujer, pues me parecía que su enfermedad era la causante de todo el fracaso, y me había convertido en el ogro que para ella había terminado siendo. Su madre, la bulimia, mi trabajo, la casa, sus amistades, mi blog, los niños, todo eso nos alejaba y nos hacía reñir.
Cuando estuve un mes en Talca, ayudando a la Fiscalía luego del terremoto, la cercanía me dio oportunidad de ir todos los fines de semana a Villa Alemana. Los problemas se agravaron pues ya ni siquiera podíamos estar juntos una mañana. Así terminó siendo “nuestra vida juntos”, cuando una noche me fui de la casa despavorido, camino al bus para tomar el avión que me llevaría por última vez a Arica. Fue una noche de furia: toda la injusta situación que vivíamos, la cárcel que nos atrapaba, el desamor y la desesperanza se unieron a las circunstancias que ese día viví, mi hija enferma y con fiebre, la casa declarada “bien familiar”, para no venderla, mi soledad y mi angustia, la presencia de su hermano menor, también enfermo psiquiátrico y sin tratamiento, al alcance de mis hijos e impredeciblemente violento; todo eso se volvió una sola madeja de furia y dolor: me desquité con el símbolo de esa tortura: los muebles que compramos en Iquique cuando la pesadilla comenzó. Tomé un sitial de madera del living y lo hice pedazos en el patio. Los niños deben haber odio el ruido de la madera quebrándose. No lo sé, pero quedaron afectados. Fue un arrebato del que me arrepentiré toda mi vida, pero dudo que hubiese podido evitarlo si volviese a vivir ese instante de desesperación.
Fue el final.
Desde entonces tengo prohibido por el Juez de Familia acercarme a mi mujer, hasta que el acuerdo de divorcio, visitas y alimentos se firme. Lo firmaré a las 5 de la tarde, por el bien de mis hijos y de su madre, que debe estar también muy triste.
Nunca imaginé que esto terminaría así, pero creo que el de destino era inexorable. La dirección de nuestras vidas estaba, al parecer, fijada incluso antes de conocernos.